The Underground, un viaje en el metro de Londres

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La primera vez que viajas en el Metro de Londres siempre suele ser un poco traumática. Pago y me voy rápido. De esa forma las casi cinco libras del billete me duelen un poco menos y trato de olvidarme del asunto. La mujer de la boletería es de pocas palabras, se limita a despachar el boleto sin más. Cuando voy a salir de la estación resulta ser que necesito presentar el billete. No me acuerdo de la mujer de la boletería pero pienso en ella de mala manera. La casualidad me había llevado a conservarlo inconscientemente en uno de los bolsillos, en el último en que se me ocurrió buscarlo, y el incidente no pasa a mayores.

Ese es mi primer desplazamiento por el subsuelo londinense. Recorro el centro de la ciudad orgullosamente sentado en uno de esos trenes subterráneos que fueron los primeros del mundo. El metro no está tan lleno, es preferible evitar esas tediosas horas pico que van de las siete a las nueve por la mañana y de las cinco a las siete por la tarde. La gente que viaja conforma un abanico multirracial único que es imposible de ver en otra ciudad del mundo. Viajar por este medio es entrar en las raíces de esta ciudad cosmopolita, meterse en las entrañas de la tierra británica.

Doscientas setenta y cinco estaciones, más de cuatrocientos kilómetros de vías, trece líneas que atraviesan incansablemente toda la gigantesca Londres desde las cinco y media de la mañana hasta las doce y media de la noche.

Circle Line, la amarilla, es quizás la más importante porque recorre el centro de Londres donde están la mayoría de los lugares turísticos. Las demás líneas son Bakerloo, la marrón, Central, la roja, District, la verde, East London, la naranja, Hamersmith and City, la rosa, Jubilee, la gris, Metropolitan, la violeta, Northern, la negra, Piccadilly, la azul, Victoria, la celeste, Waterloo and City, la turquesa y DLR.

A la hora de volver, como buen paisano prefiero la boletería antes que la taquilla electrónica. Allí me atiende un hombre que habla español y me dice que tengo que coger la línea amarilla para ir a donde quiero. Resulta extraño que en el país de la lengua universal alguien se tome la molestia de aprender un idioma tan complejo como el nuestro, pero así es. La generosidad del hombre queda demostrada también al aconsejarme que compre una Travelcard, en esa misma boletería, que me servirá para viajar durante todo el día y que solamente cuesta media libra más que el billete común de un viaje. Otra vez vuelvo a pensar en aquella mujer que me atendió la primera vez, me gustaría decirle un par de cosas.

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