La amabilidad de los londinenses

Londres

El frío de Londres y el ritmo acelerado de la City hace que sus ciudadanos sean  igual de fríos y aislados. Es una de las leyendas urbanas que circulan por el mundo pero que, cuando apenas llevas un par de horas en la capital inglesa,  te das cuenta que no es nada más que eso, una leyenda urbana.

El carácter de los londinenses en nada se parece a su inestable tiempo. No se niegan a indicar una dirección a un turista o a responder cualquier duda que tengan, ya sea geográfica o relacionada con el turismo o la historia de su país.

Más bien todo lo contrario. Si te ven con cara de perdido plantado en Picadilly Circus intentando analizar un mapa pueden acercarse a ti a preguntarte a dónde quieres ir. A mi me ocurrió y, lo cierto, es que en ocasiones es mucho más práctico perder el miedo a preguntar que escudriñar un callejero.

El idioma no es un problema, porque aunque apenas sepamos cuatro palabras en inglés, las justas para defenderse en la lengua de Shakespeare, ellos hacen un esfuerzo por hacerse entender e, incluso, podéis encontrar alguún londinense que se atreva a chaporrear un castellano un tanto cuestionable.

Lo cierto es que no sé si su amabilidad es algo general o que aplican únicamente a los españoles porque, en cuanto inicias una conversación con ellos te preguntan de donde procedes. Y al decirles Spain se les ilumina la cara. Mallorca, Bilbao, Barcelona o Sevilla son los nombres que pronuncian acto seguido conn una gran sonrisa, acompañado de un beautiful.

Por mi experiencia diría que es bastante complicado encontrar a alguien en todo Londres que no haya visitado España y, de sus palabras se deriva que la experiencia ha sido más que positiva en la mayor parte de los casos. Sorprende que ninguno alude al tópico de las sevillanas, si no más bien al fútbol, la playa, las cervezas y la paella.

La amabilidad de los londinenses ha servido para que recientemente se haya instaurado un galardón: los Premios de la Amabilidad. Se trata de una iniciativa puesta en marcha por un grupo de 150 voluntarios a través del cual premian a los ciudadanos que se ofrecen a ayudar a los turistas. No se basa en experiencias reales, sino que uno de ellos sirve de gancho para ver cómo actúan sus conciudadanos.  Los premios que se les dan son méramente anecdóticos como una medalla, unas flores, una tortita o una copa de champán.

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