María I de Inglaterra, la sanguinaria

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María I de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, destaca en la historia del país por varios motivos. Principalmente por ser la tercera mujer en acceder al trono inglés, después de Matilde de Inglaterra y su prima segunda Juana Grey, aunque esta segunda más bien se encontró con un intento fallido, pues a los pocos días fue apartada del trono.

Su historia no fue nada fácil. Recordemos que cuando Enrique VIII decidió alejarse de Catalina de Aragón pidiendo la cancelación de su matrimonio y casándose con Ana Bolena, comenzarían a fraguarse las bases del protestantismo. Podemos decir así que ese fue el origen de todo, incluso de la difícil vida de María I de Inglaterra.

Ante este rechazo y repudio público, la madre de María  jamás dejó de mostrar su ferviente fe católica, algo que su hija aprendió y predicó.

La joven fue obligada a renunciar al título de princesa, viendo como tan sólo un año después una ley del Parlamento inglés la despojaba de su derecho a sucesión de su hermanastra Isabel, hija de Ana Bolena y Enrique VIII.

Tras todas las ejecuciones que Enrique VIII ordenó para imponer sus ideas, incluida la de su propia esposa y madre de Isabel, Ana Bolena, terminaron con un nuevo matrimonio, el de Jane Seymour con Enrique VIII, la cual consiguió que María jurara las nuevas leyes religiosas. Sin duda un punto a favor de María I frente a Isabel, que quedó completamente relegada de su puesto como princesa.

De este último matrimonio nació un varón, Eduardo. No obstante, murió en 1553, algo que dejaba vía libre a la joven para hacerse con el trono, no sin antes encontrarse con las últimas intenciones de su padre por apartarla del poder y evitar que restableciera el catolicismo, su prima Jean Grey, la cual sólo duró 9 días en el trono.

Su intención en todo momento fue la de restablecer el catolicismo en Inglaterra.

Así, abolió gran cantidad de leyes y encarceló a los obispos protestantes. Quizá albergara rabia por todo lo que había sufrido durante su niñez, pero lo cierto es que los historiadores la presentan como una mujer sin demasiada piedad, con las cosas bastante claras.

Así, esta mujer será recordada como aquélla que intentó acabar con la reforma religiosa de su padre sometiendo nuevamente a Inglaterra a la autoridad papal,  realizando verdaderas masacres como la condena de casi 300 religiosos en las conocidas como Persecuciones Marianas. Todo ello le otorgó el sobrenombre de María la Sanguinaria.

Toda su lucha quedó en nada, pues su restablecimiento del catolicismo fue revertido por su sucesora, Isabel I, la cual fue nombrada reina tras su muerte, entre los vítores y alegrías de un pueblo que no había terminado de querer a esta reina sanguinaria.

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